El aprendizaje es lo que nos permite, como individuos, hacer todo lo que hacemos: en el momento de nacer no tenemos ningún tipo de conocimiento, pero nuestro cerebro nos da la capacidad de capitalizar nuestras experiencias y nuestras percepciones para construirlo. Lo mismo debería ocurrir en las organizaciones.

 El problema, tal como lo expresó en una conferencia reciente el experto en aprendizaje, Javier Martínez Aldanondo, reside en que las empresas fueron diseñadas para ser rentables y eficientes. Para producir no hace falta aprender, sino hacer tareas de manera repetitiva. Si viéramos una empresa como si fuese un cuerpo humano, notaríamos que logramos desarrollar muchos músculos: el comercial, el productivo, el de finanzas, el de IT, el de seguridad… Sin embargo, el del aprendizaje prácticamente no existe, no está representado en ninguna de las áreas tradicionales.

 En la era del conocimiento, para sobrevivir es necesario aprender al menos a la misma velocidad que cambia el entorno. Quienes lo hacen más rápido son los innovadores. Los que van más lento, los que corren riesgo de desaparecer.

 La capacidad de superar esta crisis, precisamente, no tiene que ver con desarrollar un plan –la misma pandemia demostró que los planes se pueden volver inservibles de un segundo para el siguiente- sino con la capacidad de fortalecer el músculo del aprendizaje. Un dato importante: que las personas aprendan de manera individual no significa que la organización para la que trabajan lo haga.

 Así como el cerebro aprende cuando se conectan sus neuronas, la organización aprende cuando se logra la sinapsis entre las personas. La infraestructura tecnológica y la transformación digital son los ejes sobre los cuales se construye esa red de relaciones y de interacciones para que el conocimiento fluya y se distribuya. El conocimiento gana la partida: la consultora de mercado IDC predice que para 2023 se producirá el efecto que denomina “supremacía digital”, es decir, que la mayor parte del PBI global (se calcula un 53%) será generada por productos y servicios de organizaciones apoyadas en la tecnología y la innovación.

 El shock propuesto por la pandemia produjo que muchas empresas invirtieran en tecnologías innovadoras para garantizar la continuidad de su negocio. IDC detectó que en el top ten de Latinoamérica figuran herramientas operacionales clave como los espacios de trabajos virtuales o las videollamadas, pero también en soluciones de infraestructura acordes a los nuevos tiempos, como acceso remoto seguro, seguridad de datos o conectividad segura.

 Pasado el impacto, llega la hora del aprendizaje: una encuesta llevada a cabo por Martínez Aldanondo destacó que las compañías con plataformas e infraestructuras tecnológicas robustas preinstaladas tuvieron mejor respuesta para atravesar el temporal. ¿Hubiera ocurrido esta crisis si le hubiéramos dado al aprendizaje la importancia que tiene? El trabajo inteligente debe imponerse ante al trabajo obediente. Generar memoria organizacional, aprender de las experiencias y gestionar el conocimiento son los cambios culturales mínimos que debemos atravesar para estar mejor preparados de cara al futuro. Porque cuando algo ocurre por segunda vez, ya no debería ser imprevisible.

Autor: Luis Piccolo Vicepresidente de Ventas, Cluster Sur CenturyLink, América Latina

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